19/12/12

Axel


Axel, el mejor y único amigo de Nao. No se suele alterar y tiene mucho autocontrol. 

23/9/12

1. Empieza un viaje

Nao se escabulló entre los arbustos mientras los hombres pasaban. No hizo ningún ruido, y sus ojos plateados siguieron a los tipos hasta que la espesura se los tragó. Salió y continuó su rumbo. Un enorme lobo negro trotó tras él. Le dio un empujoncito con el hocico en el brazo para llamar su atención, y miró hacia las copas de los árboles que cubrían el cielo. Nao hizo lo mismo, entreviendo que los soles ya caían. Con un suspiro cansado, se dispuso a buscar un buen sitio donde pasar la noche.
Madrugaron. Después de cazar el desayuno y la comida de ese día, se pusieron en marcha. Lid, la loba negra, iba delante, dando brincos, tratando de cazar los insectos que se ponían en su camino. El puerto quedaba a varios días de camino y él no tenía tiempo que perder.
A medio día pararon a descansar junto a un riachuelo. Mientras tenía la cabeza bajo el agua para refrescarse, alguien más llegó sin que él se diera cuenta. De repente, sintió que le daban un empujón y caía al agua.
Se volvió molesto, pensando que había sido Lid, cuando vio a un tipo de su edad, con el pelo verde oscuro y los ojos del color de los árboles cuando llovía.
Nao frunció el ceño y enseñó los dientes.
-       Axel...- gruñó.
-       Buenas, Nao. - respondió el otro, sonriendo alegremente, como si fuera lo más normal.
-       ¿Qué demonios haces aquí, maldito pelo planta?
Axel sonrió un poco más y se acercó a él, estirando una mano. El joven peli-plata miró su mano, desconfiado, con las cejas formando una "V". Al final estiró la mano para aceptar la del otro, pero antes de que se terminara de levantar o tener equilibrio, el peli-verde le soltó, y Nao cayó, esta vez de culo.
Miró con odio a Axel, mientras este reía y se disculpaba. Se levantó solo.
Se sentó en la orilla, lo más alejado posible de él, para mostrarle su descontento.
Lid saltó al agua, corriendo detrás de una enorme serpiente con verdes crines y escamas color esmeralda.
Ambos jóvenes observaron a los animales mientras jugaban y se retorcían.
-       Como tu perro se coma a mi serpiente, te arrancaré la piel a tiras. - era una sutil amenaza, que ambos sabían que nunca ocurriría.
-       ¿Qué haces tan lejos de casa, bicho raro?
-       ¿Y tú, bestia parda? - Levantó la vista del suelo. Las nubes pasaban perezosamente sobre su cabeza, y los soles brillaban con fuerza sobre ellos. Finalmente contestó- Desde hacía unos meses sentía que el Viejo me ponía demasiados límites. Está tratando de ocultarme algo, y quiero saber qué es. Lo que no entiendo es que hace el niñito de la vieja tan lejos de su zona segura.
-       Algo peligroso lleva semanas buscándome. Ha conseguido ponerme en apuros un par de veces. No era seguro quedarse allí, así que he decidido mantenerme en movimiento.
Nao había encendido un fuego antes de beber agua, y ensartado un glotón en un palo. Le ofreció un muslo a Axel, quién aceptó a regañadientes.
Comieron en silencio, y cuando terminaron, recogieron, y buscaron el camino que los llevara al puerto.
-       ¿Qué demonios haces siguiéndome? - gruñó el peli-plata.
-       No te sigo, solo tengo el mismo destino que tú, y por aquí es más rápido.
Nao le miró, mosqueado, con una mueca de desagrado en los labios. Axel estaba acostumbrado a su mal humor, hacía años que le conocía y le encantaba hacerle de rabiar.
Lid y la serpiente jugaban por detrás. Aunque esta última más bien parecía tener intenciones de atacar a la loba que saltaba sobre ella y la lanzaba por los aires.
Axel se volvió, observó la escena.
-       Haz que esa maldita loba deje en paz a Elett – dijo -. O se va a llevar un buen mordisco.
Nao giró levemente la cabeza. Axel esperó escuchar alguna clase de gruñido o algo que dijera el peliplata, pero no fue así. Lid les adelantó para volver al lado de Nao con la lengua fuera.
-       ¿Dónde vas? - preguntó Axel después de un rato caminando.
-       No te importa. - refunfuñó, sin mirarle.
-       Yo creo que voy a subir - respondió Axel, tratando de diferenciar la oscura sombra del Continente de Fuego que flotaba sobre ellos.
Nao siguió la dirección de su mirada, pensativo.
-       ¿Para qué quieres subir? - preguntó, cohibido.
-       ¿Te impone conocer mundo? - se burló Axel, con una sonrisa.

-       Nunca he salido de estos bosques... ¿Cómo quieres que deseé salir del Continente?

12/8/12

En la oscuridad

Ya es de día. Cambio de posición en la cama, estirándome.
Cuando lo hago, me tiran los músculos de la espalda, me duelen las caderas, y tengo una sensación extraña en... Me sonrojo, recordando repentinamente todo lo que había ocurrido el día anterior.
Después de haberlo hecho, mandé a Erik a su casa. Estaba asustado, no comprendía que había hecho con él. De alguna forma aún sentía su calor, su piel sobre la mía. Y también...
Sacudí la cabeza, sonrojado.
Tengo que ir a clase, así que empiezo a vestirme. Cuando me miro al espejo, veo un montón de marcas sobre mi piel.

Después de un día entero sonrojado y tratando de sacar de mi mente a Erik, salgo por la puerta del instituto.
Pero esperando fuera está él. El motivo de que mi cabeza de vueltas, el motivo de que no haya podido concentrarme en clase.

1/8/12

Axel y Nao

Nao y Axel, he aquí estos dos, en una conversación (o monólogo de Axel)

25/6/12

En la oscuridad

Siento como él se ríe. Me coge los brazos y los aparta de mi rostro.
      -Déjame verte.- susurró.
Trato de esconder la cara entre los cojines, pero Erik aprovechó para besarme el cuello.
Solté una exclamación de sorpresa y me giré para mirarle.
      -No te preocupes- susurra, flojito- Te lo acabo de decir, no te haré daño.
Trato de asentir con la cabeza, temblando.
Erik me sujeta la cara con las manos, no sé por qué, pero estoy llorando.  Él me limpia las lágrimas con los pulgares. Yo solo apoye mis dedos en el dorso de sus manos. Temblaban.
Él sonríe un poco, arrepentido.
      -No debería haber empezado esto. Pero ahora no me puedo parar.
      -¿Parar?- repito.
No responde, pero vuelve a atacar mi cuello, y a mi se me escapa otro gemido. Me suelta la cara y aparta mi camisa. Jadeo, agitado mientras sus dedos exploran mi cuerpo, se meten por debajo de toda mi ropa y me hacen perder la cabeza.

23/5/12

En la Oscuridad

Estuvimos un rato abrazados, mientras yo me tranquilizaba.
Cuando empecé a respirar normalmente, Erik me apartó un poco.
      -Ciro.- dijo.- Yo no te quiero hacer daño.
Le miré a los ojos, confuso. Él me cogió la cara entre sus manos. Yo me estremecí, estábamos tan cerca...
Cerré los ojos, suspirando.
      -Nunca te haría daño...- su rostro estaba a centímetros del mio, entrecerré los ojos mientras nuestros labios se rozaban.- Jamás...
Al decir aquello, sus labios aprisionaron mi labio inferior. Sentí un escalofrío de recorrerme la espalda.
Aquellas sensaciones eran completamente nuevas para mi.
De un momento a otro, el tacto de las manos de Erik en mi cuerpo cambian, me falta el aire y empiezo a jadear.
Me vuelve a tumbar sobre el sofá, yo me cubro el rostro con los brazos, sonrojado, mientras las caricias de los labios de él van bajando por mi cuerpo.
Trato de susurrar su nombre, pero solo me sale un gemido que hace que se me suban completamente los colores.

10/5/12

En la oscuridad

Las manos de Erik son cálidas contra mi piel. Me quedo quieto mientras pasea la mirada por mi torso desnudo, procuro no mirarle a los ojos y decido concentrarme en una pared.
     -Ciro, ¿qué es esto?- al oir mi nombre giro un poco la cabeza hacia él, pero en cuanto nuestros ojos se cruzan siento miedo de todo y me revuelvo, tratando de quitármelo de encima.
     -¡Quita!- grito.- ¡¡QUITA!! ¡¡QUITA!!
Traté de golpearle, pero me sujetó las manos e inmovilizó contra el sofá.
     -¡No! ¡Déjame!- grité.- ¡Por favor!
Él me soltó los brazos, pero sustituyó ese agarre por un fuerte abrazo. Cuando lo hizo, no pude defenderme.
     -Ya está, Ciro. No te voy a hacer nada.- Yo me siento incapaz de apartarle ahora que me encuentro, por primera vez, en un abrazo tan protector. Levanto un poco las manos me agarro de sus hombros.

13/4/12

Espíritu del Mar


Existe un lugar en el mundo, una cala escondida en Japón donde miles de delfines mueren todos los años.
Iruka Yamanaka, de diecisiete años, solía visitar aquella cala todos los años y lloraba al ver como los delfines desaparecían cuando los pescadores les clavaban el anzuelo en el espinazo.
Acudía allí todos los días desde Septiembre hasta Marzo, año tras año, y cada vez se sentía un poco más basura, por ver como los delfines sufrían y no ser capaz de hacer algo por ellos.
Ese año volvió a presentarse en el mirador de la cala. Fue testigo, de nuevo, y como tantas veces todos los años, de cómo los pescadores asustaban a los delfines armando jaleo, los encerraban en la cala, poniendo una red, entre ellos y la libertad, y se marchaban.
Cuando los barcos se marcharon, Iruka miró hacia la playa, donde unos pescadores, entre ellos, su padre, vigilaban que nadie se acercara a los delfines. Iruka se preguntó si de verdad alguien querría intentar bajar, con intención de salvar a los animales.
Cuando el Sol se hubo escondido, decidió volver a casa, descansar, quizá dormir y regresar al día siguiente.

Iruka había llegado una hora antes que los pescadores, aunque los vigilantes seguían en la playa. Vio como desde una carretera llegaban unos camiones de transporte de animales marinos. Algunos entrenadores salieron de ellos y bajaron para examinar a los delfines.
Iruka sabía lo que buscaban. Delfines mulares. Para los espectáculos con delfines en el extranjero. Y también sabía que solo se salvarían unos pocos delfines, diez, tal vez, cada vez que los encerraban.
Como no quería oír como los delfines chillaban de terror al ver a los humanos, levantó la vista. Desde el puerto, al otro lado de la cala, empezaban a llegar barcos. Y desde más allá, en mar abierto, vio como algo enorme se acercaba hacia el lugar. Se quedó boquiabierto, mientras la sombra se acercaba a gran velocidad. Escuchó un sonido melancólico provenir de la sombra, y descubrió que era una ballena, una ballena enorme, si Iruka podía escuchar su cántico desde una distancia como aquella, realmente debía ser enorme.
Los pescadores que salían de puerto también lo oyeron y se apresuraron a llegar a la cala.
El joven japonés no podía creerse aquello, ¿acaso pensaban cazar a los delfines, mientras tal criatura se acercaba hacia ellos? No tardó en darse cuenta de que lo que querían los barcos era recoger a los que se habían quedado en tierra.
“Claro” pensó “no podrían cazarla con tan poca gente”
En la playa no había nadie. Vio que los delfines salían y entraban del agua, desesperados, algunos intentaban saltar las redes y huir. Iruka miró por unos momentos más y después corrió colina abajo, dirigiéndose a la playa, se metió en el agua y nadó entre los delfines hasta llegar a la red. No tenía ningún cuchillo ni nada cortante con lo que romperla. Desesperado subió a un pequeño saliente y tiró de la red, rozándola una y otra vez contra las rocas. No se planteó cuanto tiempo se pasaría así, solo pensaba en que debía sacar a los delfines de aquel sitio, que supuso, para los delfines era el infierno.

En mar abierto, la ballena se había sumergido. Los pescadores sabían que debían esperar. Nunca habían visto una ballena tan cerca de la costa, pero era una gran pieza, y debían hacer lo que fuera por cazarla.
Entonces, en algún lugar a la izquierda se escuchó como el animal emergía, rápidamente viraron los barcos hacia el animal. El más cercano lanzó el primer arpón. Se clavó profundamente, cerca del respiradero, la ballena lloró, con ese sonido desgarrado.

A Iruka le dolían los brazos y jadeaba del esfuerzo, la red estaba empezando a romperse, lo cual el encontró, de alguna forma, alentador.
Algunos delfines se habían acercado y le miraban con curiosidad. El chico, mientras les miraba y seguía con su trabajo, sonrió.
Escuchó un grito y vio como los delfines se sumergían, asustados. Al levantar la vista vio como uno de los barcos se dirigía hacia él. Gritó de miedo y estuvo a punto de salir corriendo, pero se contuvo, agarró con más fuerza la red y siguió con su trabajo. El barco se detuvo a pocos metros de él, los delfines se habían alejado todo lo que pudieron, por lo menos era lo que creía Iruka.
-            Tú- le llamó alguien la atención desde el barco.- No puedes hacer eso.
Iruka no hizo caso y continuó. Uno de los pescadores le pinchó con el arpón. Iruka se apartó, gimiendo, la punta le había hecho un corte en el brazo.
-            No puede hacer esto.- se quejó, mirándose la mancha de sangre que se extendía por su camisa.
-            Eres tú el que no debería estar aquí.- replicó el pescador, acercando de nuevo el arma.
Iruka se apartó, soltando la red. Los pescadores rieron.
-            ¡Sois unos monstruos!- gritó, sujetándose la herida, con rabia.
-            Debemos ganarnos la vida.- replicó el hombre que sujetaba el arpón.- Lárgate.
Iruka les miró con rabia, y estaba a punto de darse la vuelta, cuando algo tiró de la red desde abajo.

La ballena sangraba por todas las heridas de arpón que había recibido. Su canto de dolor se elevaba desde el mar, y cada vez que se sumergía, reducía el tiempo hasta emerger. Los pescadores se reían desde sus barcos, y ya hablaban entre ellos, planeando la forma de arrastrar al animal de vuelta a tierra.
La sangre teñía el agua de rojo.

Después de que la red se hundiera en el agua, vieron como los delfines salían en tropel de su prisión, hacia la libertad. Iruka rió al ver los animales libres, los pescadores gritaron de rabia.
Iruka, siguiendo un impulso saltó al agua, justo cuando el barco empezaba a virar. Se sumergió, quería ir tras los delfines, pero en ese momento el torbellino que provocaba la hélice le succionó y desgarró la espalda. Iruka gritó bajo el agua, y burbujas plateadas ascendieron por el agua.
Mientras la sangre se esparcía por el agua, e Iruka perdía el sentido, mientras la oscuridad y la profundidad se lo llevaban lejos, unos delfines, los mismos que habían observado al joven romper la red, bucearon tras él y tocaron su cuerpo con los hocicos.
Iruka estaba de repente viendo su propio cuerpo, hundiéndose en el mar, perdiéndose en la oscuridad, con los delfines nadando a su alrededor, chirriando, de esa forma que chirriaban los delfines. Iruka comprendió que estaba muerto. Y que los delfines, de alguna forma, habían conseguido rescatar su alma.
Confuso, se agarró a la aleta dorsal de uno de los delfines, que flotaba junto a él, y este le arrastró, dirigiéndose al lugar en que los barcos intentaban remolcar a la ballena. El muchacho pudo ver como el espíritu de la ballena, al igual que el suyo, se alejaba de su cuerpo, mientras este se desangraba. Entonces vio como unas pequeñas flechas, comparada con la ballena, nadaban alrededor del cuerpo. Iruka vio que eran delfines, los mismos que habían salido de su prisión en la cala.
Los delfines le acercaron al cuerpo, los que nadaban alrededor de la ballena iban tocando las heridas y estas sanaban. Algunos de los delfines cortaron las cuerdas que ataban la cola del enorme mamífero y su cuerpo, al igual que el de Iruka, empezó a hundirse. El delfín al que estaba agarrado le dio un empujoncito con el morro y su alma se fundió con el cuerpo de la ballena.
De alguna forma, el color del animal cambió, del grisáceo al blanco y con unos espasmos, y un violento coletazo la ballena inició una nueva singladura.
Una vez que estuvo lo suficientemente lejos de los barcos, se fue sumergiendo con un resplandor blanco, reflejo de su color en las profundidades, con los delfines a su alrededor, pequeños reflejos plateados alrededor del gran animal.