13/4/12

Espíritu del Mar


Existe un lugar en el mundo, una cala escondida en Japón donde miles de delfines mueren todos los años.
Iruka Yamanaka, de diecisiete años, solía visitar aquella cala todos los años y lloraba al ver como los delfines desaparecían cuando los pescadores les clavaban el anzuelo en el espinazo.
Acudía allí todos los días desde Septiembre hasta Marzo, año tras año, y cada vez se sentía un poco más basura, por ver como los delfines sufrían y no ser capaz de hacer algo por ellos.
Ese año volvió a presentarse en el mirador de la cala. Fue testigo, de nuevo, y como tantas veces todos los años, de cómo los pescadores asustaban a los delfines armando jaleo, los encerraban en la cala, poniendo una red, entre ellos y la libertad, y se marchaban.
Cuando los barcos se marcharon, Iruka miró hacia la playa, donde unos pescadores, entre ellos, su padre, vigilaban que nadie se acercara a los delfines. Iruka se preguntó si de verdad alguien querría intentar bajar, con intención de salvar a los animales.
Cuando el Sol se hubo escondido, decidió volver a casa, descansar, quizá dormir y regresar al día siguiente.

Iruka había llegado una hora antes que los pescadores, aunque los vigilantes seguían en la playa. Vio como desde una carretera llegaban unos camiones de transporte de animales marinos. Algunos entrenadores salieron de ellos y bajaron para examinar a los delfines.
Iruka sabía lo que buscaban. Delfines mulares. Para los espectáculos con delfines en el extranjero. Y también sabía que solo se salvarían unos pocos delfines, diez, tal vez, cada vez que los encerraban.
Como no quería oír como los delfines chillaban de terror al ver a los humanos, levantó la vista. Desde el puerto, al otro lado de la cala, empezaban a llegar barcos. Y desde más allá, en mar abierto, vio como algo enorme se acercaba hacia el lugar. Se quedó boquiabierto, mientras la sombra se acercaba a gran velocidad. Escuchó un sonido melancólico provenir de la sombra, y descubrió que era una ballena, una ballena enorme, si Iruka podía escuchar su cántico desde una distancia como aquella, realmente debía ser enorme.
Los pescadores que salían de puerto también lo oyeron y se apresuraron a llegar a la cala.
El joven japonés no podía creerse aquello, ¿acaso pensaban cazar a los delfines, mientras tal criatura se acercaba hacia ellos? No tardó en darse cuenta de que lo que querían los barcos era recoger a los que se habían quedado en tierra.
“Claro” pensó “no podrían cazarla con tan poca gente”
En la playa no había nadie. Vio que los delfines salían y entraban del agua, desesperados, algunos intentaban saltar las redes y huir. Iruka miró por unos momentos más y después corrió colina abajo, dirigiéndose a la playa, se metió en el agua y nadó entre los delfines hasta llegar a la red. No tenía ningún cuchillo ni nada cortante con lo que romperla. Desesperado subió a un pequeño saliente y tiró de la red, rozándola una y otra vez contra las rocas. No se planteó cuanto tiempo se pasaría así, solo pensaba en que debía sacar a los delfines de aquel sitio, que supuso, para los delfines era el infierno.

En mar abierto, la ballena se había sumergido. Los pescadores sabían que debían esperar. Nunca habían visto una ballena tan cerca de la costa, pero era una gran pieza, y debían hacer lo que fuera por cazarla.
Entonces, en algún lugar a la izquierda se escuchó como el animal emergía, rápidamente viraron los barcos hacia el animal. El más cercano lanzó el primer arpón. Se clavó profundamente, cerca del respiradero, la ballena lloró, con ese sonido desgarrado.

A Iruka le dolían los brazos y jadeaba del esfuerzo, la red estaba empezando a romperse, lo cual el encontró, de alguna forma, alentador.
Algunos delfines se habían acercado y le miraban con curiosidad. El chico, mientras les miraba y seguía con su trabajo, sonrió.
Escuchó un grito y vio como los delfines se sumergían, asustados. Al levantar la vista vio como uno de los barcos se dirigía hacia él. Gritó de miedo y estuvo a punto de salir corriendo, pero se contuvo, agarró con más fuerza la red y siguió con su trabajo. El barco se detuvo a pocos metros de él, los delfines se habían alejado todo lo que pudieron, por lo menos era lo que creía Iruka.
-            Tú- le llamó alguien la atención desde el barco.- No puedes hacer eso.
Iruka no hizo caso y continuó. Uno de los pescadores le pinchó con el arpón. Iruka se apartó, gimiendo, la punta le había hecho un corte en el brazo.
-            No puede hacer esto.- se quejó, mirándose la mancha de sangre que se extendía por su camisa.
-            Eres tú el que no debería estar aquí.- replicó el pescador, acercando de nuevo el arma.
Iruka se apartó, soltando la red. Los pescadores rieron.
-            ¡Sois unos monstruos!- gritó, sujetándose la herida, con rabia.
-            Debemos ganarnos la vida.- replicó el hombre que sujetaba el arpón.- Lárgate.
Iruka les miró con rabia, y estaba a punto de darse la vuelta, cuando algo tiró de la red desde abajo.

La ballena sangraba por todas las heridas de arpón que había recibido. Su canto de dolor se elevaba desde el mar, y cada vez que se sumergía, reducía el tiempo hasta emerger. Los pescadores se reían desde sus barcos, y ya hablaban entre ellos, planeando la forma de arrastrar al animal de vuelta a tierra.
La sangre teñía el agua de rojo.

Después de que la red se hundiera en el agua, vieron como los delfines salían en tropel de su prisión, hacia la libertad. Iruka rió al ver los animales libres, los pescadores gritaron de rabia.
Iruka, siguiendo un impulso saltó al agua, justo cuando el barco empezaba a virar. Se sumergió, quería ir tras los delfines, pero en ese momento el torbellino que provocaba la hélice le succionó y desgarró la espalda. Iruka gritó bajo el agua, y burbujas plateadas ascendieron por el agua.
Mientras la sangre se esparcía por el agua, e Iruka perdía el sentido, mientras la oscuridad y la profundidad se lo llevaban lejos, unos delfines, los mismos que habían observado al joven romper la red, bucearon tras él y tocaron su cuerpo con los hocicos.
Iruka estaba de repente viendo su propio cuerpo, hundiéndose en el mar, perdiéndose en la oscuridad, con los delfines nadando a su alrededor, chirriando, de esa forma que chirriaban los delfines. Iruka comprendió que estaba muerto. Y que los delfines, de alguna forma, habían conseguido rescatar su alma.
Confuso, se agarró a la aleta dorsal de uno de los delfines, que flotaba junto a él, y este le arrastró, dirigiéndose al lugar en que los barcos intentaban remolcar a la ballena. El muchacho pudo ver como el espíritu de la ballena, al igual que el suyo, se alejaba de su cuerpo, mientras este se desangraba. Entonces vio como unas pequeñas flechas, comparada con la ballena, nadaban alrededor del cuerpo. Iruka vio que eran delfines, los mismos que habían salido de su prisión en la cala.
Los delfines le acercaron al cuerpo, los que nadaban alrededor de la ballena iban tocando las heridas y estas sanaban. Algunos de los delfines cortaron las cuerdas que ataban la cola del enorme mamífero y su cuerpo, al igual que el de Iruka, empezó a hundirse. El delfín al que estaba agarrado le dio un empujoncito con el morro y su alma se fundió con el cuerpo de la ballena.
De alguna forma, el color del animal cambió, del grisáceo al blanco y con unos espasmos, y un violento coletazo la ballena inició una nueva singladura.
Una vez que estuvo lo suficientemente lejos de los barcos, se fue sumergiendo con un resplandor blanco, reflejo de su color en las profundidades, con los delfines a su alrededor, pequeños reflejos plateados alrededor del gran animal.