15/10/13

4. La sombre que se precipita

A menos de medio día para llegar a la ciudad portuaria, Axel y Nao decidieron acampar para pasar la noche en el bosque de las inmediaciones. Tenían que planificar su salida del Continente. Que Nao fuera un hombre-lobo complicaba las cosas, porque los humanos tenían un control exhaustivo sobre su especie por aquello de que eran unas "bestias asesinas" y "sanguinarios sin escrúpulos" o era, ¿"capaces de matar a sus propios cachorros"? Pamplinas. 
De todas maneras, tenían que conseguir, primero, papeles para los dos. Al haberse criado en el interior del Continente, no estaban registrados en ningún lado, y sabían de aquello porque al abuelo de Axel y la madre de Nao se les había escapado en una noche de borrachera.
Joder, muy a duras penas recordaban que era lo que hacía falta para existir en la sociedad humanizada. 
Pero estaban hablando de papeles, sí. Eso era lo primero. Segundo, registrarse como hombre-lobo legal, sano tanto física (como si realmente pudiera enfermar) como mentalmente (que no fuera agresivo). Como si Nao no tuviera nada mejor que hacer en una plaza llena de humanos que ponerse a matarlos a diestra y siniestra. Aunque...
No. Primero pasar el examen físico y psicotécnico, luego no matar a nadie, después marcharse del Continente. Sí, eso era. Buen plan. 
Axel estaba hablando de algo, pero se había perdido en sus pensamientos, así que optó por asentir y gruñir de vez en cuando, por cortesía, para que luego dijeran que los hombres-lobo eran criaturas salvajes. Já. 
Cuando recibió una pedrada en la cabeza, señal de que Axel se había hartado de que le ignorase, dejó de hundirse en sus pensamientos.
-       ¿Me estabas escuchando? - preguntó su compañero, exasperado. Nao sacudió la cabeza y le tiró la piedra de vuelta.
-       Sí - contestó molesto, tirándole otra piedra -. Al principio, al menos. Luego te fuiste por las ramas.
-       No me he ido por las ramas. En dos días como mucho estaremos abandonando Tierra, y tú no prestas atención al plan. Vamos a subir a Fuego. Joder, Nao. Has vivido siempre en la burbuja de felicidad y cuidados de Nyuka, ahora que vamos a...
-       Eh. De felicidad y cuidados poco. Voy a hacer esto porque me has convencido. Si por mi fuera me metía en el bosque más profundo del Continente y de ahí no me sacaban ni los Cuatro con un jodido Apocalipsis. Ya bastantes humanos he tenido en la vida, como para encima meterme en una sucia ciudad, un maldito barco, y otro puto Continente que, para colmo, tiene una plaga de humanos aún peor.
Axel suspiró. Comprendía el miedo de Nao, aunque él no admitiese que lo fuera. No estaba en la naturaleza del joven lobo el odiar a nadie, su sangre de Guardián no se lo permitía. Pero el miedo que le provocaban los humanos, era uno que ellos se habían ganado a pulso y que dudaba fuera fácil de superar. Así que decidió dejar el tema zanjado por el momento. Ya lo retomarían al día siguiente, cuando fuera momento de entrar en la ciudad, pedir sus identificaciones y emigrar.
Probablemente aquel viaje a otro Continente iba a ser un infierno. El joven frente a él llevaba muy mal los cambios. Se habían encontrado hacía unas tres semanas y ya notaba que el haber abandonado su territorio en los bosques del norte le había estresado hasta volverlo más irascible de lo normal. Intentaba no perder los papeles, los animales de sangre caliente solían ser temperamentales e impacientes y más un lobo en la flor de la vida. 
Tenía ganas de quejarse, pero en ese momento el viento cambió, trayendo un olor desagradable. Nao y Lid se erizaron en su sitio, sus hombros tensándose y un gruñido uniforme brotó de lo más profundo de sus pechos. Parecían una sola bestia.
Axel en cambio siseó como Ellet, sus pupilas se volvieron dos rendijas en sus ojos verdes irisados. Estiró su mano dominante lentamente hacia su arma, una katana que le habían regalado por su mayoría de edad hacía unos cuatro años. Con el pulgar, empujó la vaina para soltar el seguro y poder desenvainar rápidamente. 
Un vistazo rápido a Nao, tenía los colmillos fuera y las uñas le habían crecido en garras, por lo que se estaba preparando para un combate cuerpo a cuerpo. Usar el arco en la oscuridad no era buena idea. 
Fue entonces cuando una enorme sombra se cernió sobre ellos, apagando la fogata que habían encendido, dejando volar varias chispas. Una sombra más pequeña se abalanzó sobre Nao en el momento en que aterrizó la más grande y le encaró.

Joder... ¿eso era una quimera?

9/7/13

3. Skeith

Skeith
De un empujón aparto al muchacho que había tratado de besarla.
-       ¡¿Qué crees que estás haciendo?! - exclamó, levantándose de la cama y tratando de averiguar donde había dejado el cinturón con sus armas. 
Cuando se giró se encontró al chico encogido en la cama, cubriéndose la cabeza con los brazos y con las piernas contra el pecho. Creyó escuchar un leve sollozo, así que se acercó al chico con paso lento. 
Suavemente apoyó la mano en su hombro, sorprendiéndose cuando él se volvió asustado. Empezaba a comprender en qué clase de motel se había metido. 
-       Hola... - susurró amablemente, tratando de conseguir que el joven se relajara. Los lagrimones y su expresión asustada sacaron de nuevo a flote su naturaleza compasiva. - ¿Cómo te llamas?
El joven trató de relajarse y continuar con su trabajo. Al fin y al cabo, las mujeres daban menos miedo que los hombres... Bueno, al menos aquella no era tan aterradora, tampoco parecía una sádica que se dedicaría a golpearle durante toda la noche para descargar sus frustraciones. Le miraba con una sonrisa amable dibujada en los labios. No parecía el tipo de persona que frecuentaba burdeles.
Cogiendo aire, se cuadró en la cama, dispuesto a terminar y poder volverse al escobero que tenía como cuarto. Su padre se lo había prometido, un cliente esa noche y podía descansar.
Aeryn esperó con una sonrisa a que el chico contestara a su pregunta, pero lo único que hacía era mirarla fijamente sin responder. Empezó a ponerse seria cuando él se incorporó de nuevo y trató de atraerla tirando de sus hombros. 
Volvió a poner resistencia, consiguiendo soltarse y sujetar las manos del otro entre las suyas. Procuró mantener la calma esta vez, mirando seriamente al chico.
-       Oye... creo que te equivocas de situación. Yo no he pedido este tipo de servicio, ¿sabes? Sólo quiero pasar la noche y poder irme mañana en el primer barco que zarpe a Tierra... - trató de explicar, pero el otro parecía no entender. 
En aquel mundo la barrera del idioma no existía. Según la leyenda, los Grandes Espíritus habían acordado que a pesar de las múltiples especies, tribus y poblaciones, todos los seres de Sekai hablarían el mismo idioma. 
Si él no podía entenderla, era porque estaba sordo o tenía alguna clase de retraso. 
Le dejó en la cama y empezó a dar vueltas por la habitación, con un brazo cruzado en el pecho y la mano contraria sujetándole la barbilla. El joven la seguía con la mirada por la habitación, confuso. Nunca nadie se había negado a sus servicios. De repente, un temblor le recorrió. ¿Qué le haría su padre si no terminaba su trabajo? Ni siquiera había tenido opción a empezar y como él se enterase, probablemente se acostaría con una paliza. O peor, en una de aquellas orgías que a su padre le encantaba organizar para castigar a mujeres y hombres que tenía bajo su "cuidado".
Aeryn paró en seco y se volvió hacia él, mirándolo fijamente. Ahora que se fijaba, se dio cuenta de que el chico sentado en su cama, con mirada asustadiza, no era más que un niño, su edad quizá rozase los dieciséis años. 
-       ¿Cómo te llamas? – repitió la pregunta, arrodillada frente a él. No tenía muchas esperanzas, ya que todavía no había escuchado ninguna palabra salir de sus labios. Pero esta vez hubo algo diferente.

-       Skeith...- susurró el niño -. Mi nombre es Skeith...