13/3/17

7. El hombre-lobo

Aeryn estaba congelada en su lugar. 
El herido le dedicaba miradas desconfiadas desde su posición, mientras el de pelo verde siseaba como una serpiente de cascabel a punto de atacar. Decidió tratar la situación con cuidado. Llevó las manos al cinturón para dejar que escurriera al suelo, junto a las armas visibles, y volvió a levantar las manos, tratando de parecer lo menos amenazante posible. 
No estaba muy segura de que ellos entendieran su idioma, ¿podían los nativos hablar, o se comunicaban gracias al lenguaje corporal? Entrecerró los ojos levemente, tratando de mantenerse tranquila.
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Axel observó la quietud de la joven con desconfianza, siseando suave y bajo. Aunque la había visto tirar lo que parecían todas sus armas al suelo, junto a ese cinturón, sentía que no podía fiarse del todo. 
Sabía que los humanos menospreciaban a sus mujeres, pero él había tenía suficientes encuentros con hembras de otras especies para saber que, de sexo débil, tenían poco. 
Alternó su mirada entre la joven y su amigo herido; Nao había conseguido medio incorporarse, pero seguía ladeado en el suelo, incapaz de levantarse del todo. Aquello era preocupante, por mucha cuchillada que recibiera, le había visto en peores situaciones en pie. 
Devolvió la vista a la chica, no se había movido y parecía querer decir algo. 
- Puedo curar a tu amigo - articuló lentamente las palabras, como si hablara con alguien corto de entendederas. Aquello le sentó como una patada en los cojones, hablando en plata. 
- ¿Cómo sé que puedo confiar en ti? - preguntó, alargando levemente las vocales para imitar su tono. 
Ella pareció sorprendida por un momento. 
- Es un alivio que me entiendas, tengo algunas preguntas para...
- No me has contestado. - La cortó de lleno, sin preocuparse por sus modales, que generalmente solían ser perfectos. 
La joven volvió a quedarse callada durante unos instantes. Aquellos silencios empezaban a parecerle exasperantes y seguía teniendo a Nao retorciéndose de dolor tras él, así que su paciencia estaba llegando a su fin. 
- No tienes otra cosa más que mi palabra - Al fin respondió. 
Aquella no era la respuesta que quería, pero tampoco podía quejarse, había tratado de ser sincera. Ladeo levemente la cabeza, intentando averiguar cuáles eran sus verdaderas intenciones, pero nada en su lenguaje corporal o su mirada indicaba que fuera a atacar. Un mal presentimiento no dejaba de rondarle la cabeza, a pesar de que se hizo a un lado para dejar que se acercara a Nao.
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Aeryn lentamente fue hacia ellos, recogiendo su cinturón, en el que guardaba la mayor parte de las medicinas, y con la mano se palpaba los botones del corsé que usaba. En ellos guardaba el resto de material. 
El joven de pelo verde no le quitaba la vista de encima, y ella se alegró de que las miradas no matasen, porque estaba segura que habría acabado tirada en el suelo en el mismo momento en que sus ojos hubieran entrado en contacto. Se sorprendió de que aquello le afectara, cuando normalmente lo que otros pensaran de ella le importaba menos que un truño en su camino. 
Cuando alcanzó al herido se arrodilló lentamente a su lado. 
Antes de que pudiera levantar la camiseta y ver las heridas, o fijarse en el rostro del joven, un ruido a su espalda hizo que ambos, Aeryn y el otro, se volvieran de inmediato de donde provenía. 
- ¡Skeith! - exclamó al verle -. Te dije que te mantuvieras escondido hasta que te fuera a buscar. 
Miró rápidamente al otro, quien había desenvainado una katana y apunta al chico si que le temblara el pulso. 
- Está conmigo - le dijo, tratando de calmarlo, aunque él no parecía muy dispuesto a obedecer, aunque tras un momento bajó el arma, como si hubiera identificado que Skeith no era una amenaza. 
En cuanto la espada rozó el suelo con la punta, volvió a prestar atención al herido. Esta vez pudo levantar la tela manchada de sangre y desgarrada por las puñaladas. Las heridas tenían el tamaño de la mitad de su dedo meñique y eran profundas, pulsó uno de los botones de su corsé y de este salieron un par de guantes de látex, del segundo botón sacó un par de botecitos monodosis de morfina y un par de jeringuilla, del último sacó hilo de sutura unido a su correspondiente aguja. 
Con mano hábil cargo la jeringa con el anestésico, pinchó la carne alrededor de la herida y mientras terminaba de preparar el hilo dejó que hiciera efecto. Tras unos segundos empezó a coser. 
Tuvo la herida cerrada en menos de cinco minutos. Se cambió los guantes y repitió toda la operación de nuevo en la otra herida. 
En algún momento Skeith se había arrimado a ella y agarraba débilmente la tela de su ropa, mientras que el de pelo verde había encendido un fuego y miraba atento a su amigo. 
De un movimiento lanzó todo al fuego. El Contienente Aire había desarrollado materiales fáciles de desechar. 
Por fin, se giró a ver el rostro de su paciente, pero en cuanto sus ojos se encontraron, Aeryn chilló indignada y se incorporó de golpe. 
Había tratado a un HOMBRE-LOBO

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